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Reivindicando a Aristóteles. Yo me acuso, soy un radical y extremista en moralidad.

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Bust of Aristotle , Greek philosopher and scientist. Marble sculpture from the age of Hadrian, with the addition of an alabaster cape in the Modern...

Aristóteles ha sido vencido y desterrado, ha sufrido lo que los romanos llamaban “Damnatio memoriae”, la condena al olvido. La damnatio memoriae (literalmente «condena de la memoria») era un castigo reservado para determinadas personas a las que los romanos –o mejor dicho el Senado Romano- decidían deshonrar por una razón u otra.

Básicamente la idea era borrar por completo cualquier registro que hiciera alusión al condenado, ya fuese en textos, grabados, murales, estatuas e incluso música popular.

También hay constancia de que lo practicaban los antiguos egipcios, así lo se hizo con el faraón Akenatón y su mujer, Nefertiti, sus sucesores restauraron el politeísmo y prohibieron el monoteísmo, el culto a un solo dios que había impuesto el faraón durante su reinado. Akenatón se convirtió en un apestado, y todas las inscripciones y representaciones suyas fueron destruidas: Su nombre fue borrado de todos los registros públicos, y se prohibió siquiera mencionarlo.

Sí, aunque parezca increíble Aristóteles ha sido condenado al olvido en los planes de estudio, y por supuesto poco falta para que se prohíba nombrarlo. Por el contrario, Platón triunfa por doquier, el precursor, el inspirador de todos los totalitarismos, aunque algunos totalitarios y liberticidas no lo sepan.

Detail of Plato and Aristotle from The School of Athens by Raphael
Platón y Aristóteles.

Me rebelo, desapruebo, desobedezco la “damnatio memorae” a la que Aristóteles ha sido condenado, y –aunque sea social y políticamente incorrecto- afirmo con rotundidad que yo comparto los tres principios de la lógica aristotélica: identidad, no-contradicción y tercero excluido .

Hasta tal extremo se ha llegado que, en España Aristóteles “no entra” en los exámenes de acceso a la universidad.

Sí, frente a la estulticia y al relativismo imperantes, me uno a Aristóteles y afirmo que todo lo que es, es, es perceptible a través de los sentidos y no existe nada que sea y no sea al mismo tiempo.

Tampoco puede haber nada que posea atributos, cualidades contrarias; algo no puede ser bueno y malo al mismo tiempo, sea en moralidad o en otros ámbitos.

Y por supuesto, si dos cuestiones son contradictorias, una de las dos tiene que ser falsa, ambas es imposible que sean verdaderas… y evidentemente no cabe otra tercera también verdadera, o cuantas alternativas a alguien se le pueda ocurrir. E insisto, sea en moralidad, sea en política, sea en economía, o en cualquier otro ámbito o circunstancia de la actividad humana.

Cualquiera que sepa de Historia sabe que los vocablos “derecha” e “izquierda” se introdujeron en nuestra cultura a partir de la revolución francesa. Por entonces, en la Asamblea Nacional (nombre del Parlamento en Francia) había dos tipos de miembros; quienes apoyaban al rey (situados a la derecha del presidente) y quienes pretendían una revolución (sentados a su izquierda).

Afirmaba el filósofo español José Ortega y Gasset que «ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral…»

Su intención al usar la expresión «hemiplejía moral», es criticar a las personas que, ubicándose dentro de la derecha o la izquierda políticamente hablando, son incapaces de pensar de una forma extensa, más allá de su ideología, de forma análoga a la persona que padece de la parálisis motora en la mitad de su cuerpo (hemiplejía). Y ya no solo como una limitación del pensamiento, sino, tal y como también afirmaba Ortega y Gasset, visto desde la perspectiva de la filosofía. El ser humano, afirmaba Ortega y Gasset, no debe centrar la visión de su vida o de sus actos desde la óptica de la política, sino desde la óptica de la filosofía, que es la verdaderamente innata en la humanidad.

Desgraciadamente, algunas costumbres políticas importadas de Francia, como la designación ‘derecha/izquierda’ ha hecho más mal que bien, porque generalmente representa una falsa dicotomía, la pretensión de presentar como contradictorias, rivales, lo que en realidad son dos variantes ligeramente diferentes del mismo colectivismo.

Colectivismo significa considerar que la vida y el trabajo de una persona pertenecen a un colectivo – a la sociedad, el grupo, la raza, la nación, el grupo de creyentes de una determinada confesión religiosa, etc. – y que el colectivo puede disponer de ese individuo, de su vida, de sus propiedades como le venga en gana, para cualquier cosa que crea que es su propio bien colectivo, lo que generalmente se denomina “el bien común”. En cualquier clase de régimen colectivista, los derechos individuales – nuestros inalienables derechos a la vida, la libertad, la propiedad, y la búsqueda de la felicidad – son sacrificados en aras del llamado “bien común”.

Tanto las diversas formas de socialismo como de comunismo), como el fascismo, el nacionalsocialismo y sus diversas variantes, son expresiones de colectivismo extremo, de regímenes políticos, de sistemas de gobierno que sacrifican a los individuos al colectivo de turno, y en gran escala.

Es más, el “nazismo”, la clase de fascismo que gobernó en Alemania entre 1933 y 1945, es una abreviatura de «Nationalsozialismus», un vocablo que, con la admirable precisión alemana, captura la esencia de las tradicionales “derecha e izquierda” fusionándolas en un único movimiento colectivista extremo.

En la España actual y en la mayoría de los países occidentales, hoy día existen formas menos liberticidas, más suaves, que podemos denominar “estatismo del bienestar”. Un estado del bienestar es un sistema social en el que el estado juega un papel clave en la protección y la promoción del supuesto bienestar económico y social de sus ciudadanos. Todos los regímenes políticos así nombrados poseen, con escasas diferencias y matices, algún tipo de economía mixta, de colectivismo mezclado con un escaso respeto a los derechos individuales.

En la España actual quienes se hacen llamar conservadores e izquierdistas puede que no estén de acuerdo en algunos detalles respecto de cómo actuar, en cuestiones de procedimiento, pero entre ellos existe un total consenso, básicamente están de acuerdo en que los derechos individuales pueden ser violados en nombre del “bien común”, del “interés colectivo”, y por supuesto cuando gobiernan no duden en violarlos a través de impuestos, redistribución de riqueza, y regulaciones de todo tipo, aunque hay que reconocer que hasta ahora ningún gobierno haya llegado a los extremos de los regímenes totalitarios del siglo XX.

La única manera de impedir que se sigan aplicando políticas antiliberales, intervencionistas, colectivistas, es dejando a un lado esa aparente confrontación entre supuestas derechas e izquierdas, que nos cuentan que son antagónicas, y centrarnos en lo moralmente correcto y lo moralmente incorrecto, entre el bien y el mal. Y volvamos nuevamente a desobedecer la “damnatio memoriae” dictada contra Aristóteles.

Si uno no se aparta de Aristóteles acaba llegando a la conclusión de que lo moralmente correcto – el bien – está representado por el individualismo, que considera a cada ser humano como una entidad independiente y soberana que, posee un derecho inalienable a su propia vida, un derecho derivado de su naturaleza como ser racional. El individualismo afirma –frente a cualquier clase de colectivismo- que una sociedad civilizada, o cualquier forma de asociación, cooperación, o existencia pacífica entre los humanos solamente es posible mediante el reconocimiento de los derechos individuales; y que un grupo, como tal, no tiene más derechos que los derechos individuales de cada uno de sus miembros.

Y, lógicamente (también siguiendo a Aristóteles) lo moralmente incorrecto – el mal – está representado por cualquiera de las formas de colectivismo. Evidentemente, cuando uno se aparta del bien, de lo bueno, para acercarse a lo malo, se puede ser más o menos malvado, pero las violaciones de los derechos individuales son, por definición, malvadas, independientemente de la magnitud; si se envenena a alguien, aunque no se tenga intención de matarlo, no deja de ser un envenenamiento.

Aunque sea reiterativo, si uno no se aparta de Aristóteles, llega a la conclusión de que eso que algunos denominan de forma despectiva “el capitalismo”, la economía de libre mercado, que en lo político se traduce en una “democracia liberal”, es el único sistema social basado en el reconocimiento de los derechos individuales, incluyendo el derecho a la vida y a la propiedad.

La economía de libre mercado es la única forma de organización social, que ha sido inventada hasta la fecha, que respeta nuestros derechos inalienables a la vida, la libertad, la propiedad, y la búsqueda de la felicidad.

Visto desde esa perspectiva el capitalismo es moralmente correcto.

Hablar de capitalismo, de economía de libre mercado, de democracia liberal es hablar también de gobierno limitado. De un gobierno cuya función es proteger nuestros derechos individuales e impedir que sean violados por agresores nacionales o extranjeros. Capitalismo, economía de libre mercado significa un escrupuloso respeto a la propiedad y a la iniciativa privadas, rigiendo el principio de mínima intervención gubernamental; hablamos de un régimen político, una forma de organización social en la que el estado y la economía gozan de separación, comparable a la separación de la religión y el estado.

En todas las formas de gobierno intervencionista, colectivista, el estado o regula o es dueño absoluto de la propiedad, y planifica en mayor o menor grado la economía, controlándola en mayor o menor medida. En el colectivismo extremo (los diversos fascismo, los diversos marxismo-leninismos, los diversos regímenes teocráticos), o los individuos no pueden ser dueños de ningún tipo de propiedad (comunismo) o no poseen ningún control sobre lo que teóricamente son sus propiedades (fascismo).

Por supuesto, en un régimen de democracia liberal y de economía de libre mercado, en el que exista una estricta separación de estado y economía, los gobernantes no podrían dar trato de favor, proteger ninguna actividad amparándose en el interés colectivo, en el bien común, o subterfugios por el estilo; en un régimen político en el que existiera una total separación de economía y gobierno los privilegios no existirían.

La expresión “capitalismo de amiguetes” es un oxímoron, una contradicción en términos, la combinación de dos palabras con significado opuesto, pues no hay nada más opuesto al capitalismo, a la economía de libre mercado que el amiguismo: no puede haber amiguismo donde hay capitalismo. El amiguismo, aparte de ser moralmente incorrecto, es el resultado de la intervención del gobierno en la economía. Sólo puede existir donde el gobierno tiene capacidad de actuar y otorgar favores políticos.

Y ya para terminar, me voy a permitir hacer algunas reflexiones acerca del “extremismo”: si entendemos el extremismo como “negarse a ceder en principios fundamentales”, debemos considerarla una virtud cuando se trata de lo moralmente correcto: individualismo, derechos individuales, derechos de propiedad, gobierno limitado, capitalismo, y separación total de estado y economía. Pero, por supuesto, debemos considerarlo un vicio cuando se trata de lo moralmente incorrecto, cuando hablamos de colectivismo extremo, gobierno ilimitado o inexistente, violación de los derechos individuales, falta de reconocimiento de los derechos de propiedad, comunismo, fascismo, nazismo, anarquismo, amiguismo institucional, y control total del gobierno sobre la economía y sobre los ciudadanos.

No lo duden; me siento enormemente orgulloso de ser un extremistas en lo que respecta a lo moralmente correcto.

Tal vez esté dispuesto a llegar a acuerdos y por tanto a efectuar alguna clase de renuncia en lo que se refiere a detalles, matices de funcionamiento, a la hora de actuar; pero pueden estar seguros de que nunca renunciaré a principios fundamentales, a lo que es moralmente correcto, no se molesten en solicitarme que los acompañe en alguna “lucha” que tenga objetivos moralmente incorrectos.

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