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¡Ojalá te caiga un cáncer!

Carlos Aurelio Caldito Aunión.

Desear la muerte es propio de cobardes. Publio Siro.

Hace ya varias semanas que la periodista Julia Otero anunció públicamente que está enferma de cáncer. A las pocas horas otro «periodista», de nombre Máximo Pradera, afirmaba en el diario Público que una de las cosas más detestables del cáncer es que casi siempre le toca la china a quien no se lo merece… y añadía que podría repartirse con más tino: ¿Para qué tenemos a Trump, Aznar o a la arpía de Macarena Olona?

Esto demuestra, una vez más que, suele haber personas que dice de sí mismas que son «progresistas» que tienen «malos pensamientos» y los expresan alegremente, y al parecer les importa un bledo lo que pueden suscitar en los demás, inevitablemente me viene a la memoria cuando gente de esa calaña le desearon la muerte a un niño, enfermo de cáncer, que quería ser torero… el pequeño Adrián -tristemente ya fallecido- se convirtió en protagonista de las noticias muy a su pesar después de que, tras un festival taurino en su honor celebrado en Valencia, varios tuiteros se lanzaran a enviar mensajes en las redes sociales contra su persona. La corrida de toros tuvo lugar para recaudar fondos para la investigación contra el cáncer. A Adrián, los mencionados usuarios de Twitter, le dedicaron palabras insultantes, por el hecho de que su ilusión era ser torero.

La ficción te permite desear la muerte de alguien sin sentirte culpable -  Home | Facebook

Soy profesor, mejor dicho “maestro” y en mis últimos años de ejercicio de la profesión, fui a parar a un colegio que, por entonces, el Ministerio de Educación denominaba de “difícil desempeño” (era el eufemismo que le endilgaban a los colegios a los que casi ningún profesor deseaba ir…), en él pasé mis dos últimos años como maestro.

El colegio, para recochineo, tenía por nombre el sarcástico y cruel eufemismo de “El Progreso”; digo “tenía” porque a los pocos años de estar yo en él, las autoridades “educativas” acabaron abandonándolo, pasando a convertirse en lugar de encuentro de drogadictos, mendigos… fue desvalijado al completo, habiendo sido durante mucho tiempo uno de los mejores colegios respecto de equipamientos e instalaciones. Finalmente acabó siendo derruido.

En el colegio “El Progreso” estaban matriculados alrededor de 200 alumnos, de los que diariamente apenas asistían a clase la mitad. La mayoría de los alumnos eran de raza gitana; apenas había “payos”, y una pequeña minoría eran gitanos de origen portugués. Esto último era lo peor que podía ocurrirle a un niño o a una niña del Colegio Público El Progreso, pues eran considerados los parias por parte de los niños gitanos españoles…

La mayoría de los alumnos eran hijos de gente dedicada a la venta ambulante en mercadillos y cosas por el estilo; también había hijos de prostitutas, y de traficantes de sustancias estimulantes prohibidas… el que más y el que menos vivía en casas baratas, de promoción pública, o en chabolas. Salvo excepciones, todos ellos hijos de familias numerosas, a la vez que “niños de la calle”. Para muchos de ellos el único aliciente que poseía su estancia en el colegio era la posibilidad de comer -¡Sí, he dicho comer! Se notaba que eran bastantes los que la única comida decente que hacían al día era la que les facilitaba el colegio.

Las relaciones entre los alumnos (que ellos consideraban “normales”) estaban impregnadas de crispación, de violencia verbal, cuando no de violencia física… El acoso, la burla cruel, las situaciones más o menos vejatorias estaban a la orden del día; y cuando saltaban chispas entre ellos (he de destacar que lo que describo era conducta habitual tanto entre niños como niñas) lo más suave que se decían era: ¡Que te caiga un cáncer!

Pues sí, me parece de una tremenda ruindad que el periodista Máximo Pradera haya tenido la ocurrencia de despacharse de la forma que lo ha hecho en las páginas del diario Público, supongo que con el ánimo de hacer una gracieta o suscitar el aplauso de gente tan miserable como él que, por desgracia abunda entre quienes se hacen llamar de izquierdas, progresistas y cosas por el estilo.

Es entendible, comprensible que mis antiguos alumnos fueran adictos a la violencia, la provocaran, la buscaran y fueran unos auténticos “tocapelotas”, y conste que no hay nada más distante de mi forma de conducta, pues nada más lejos de mi forma de actuación que el recurso a la violencia, o que yo tienda a justificarla; pero lo que sí es del todo inadmisible es que haya quienes le deseen lo peor a otros, o se alegren de sus desgracias, tal cual ha hecho en su comentario Máximo Pradera… No me negarán ustedes que está en la misma dirección que cuando mis ex alumnos soltaban pro su boquita aquello de ¡Qué te caiga un cáncer”

Se podrán tener más o menos simpatías por otras personas, por su pertenencia a un determinado partido político, o un determinado equipo de fútbol… Pero de ahí a desearle que muera por cáncer, hay un abismo… ¿O no?

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